jueves, 12 de septiembre de 2013

El mundo tal como lo conocemos, no lleva más que a un final: la muerte (...), la crucifixión de nuestro corazón con el olvido de las formas que amamos. (Coleman A, cit. Fernando Savanter)

Me pregunto si, tras mi muerte, osaste 
alguna vez siquiera en recuperarme
de tu remota memoria, si te preguntaste
por mi suerte, más allá, en otra existencia
-para ti- inexistente.

Los retales de nuestros tiempos adolescentes,
en los que yo aprendí a amar  dando mi vida
desnuda como único abal, con todas mis fuerzas
y toda la rabia contenida en quince años; 
en los que descubrí que la luna y el mar 
-junto al céfiro y el silencio- podían ser
mis mejores aliados;
en los que ser poeta no fue presunción, 
sino necesidad, para aspirar a abarcar 
todo el amor que mi corazón estaba albergando.

Más allá de donde habite el olvido, 
de la pura necesidad conocida y tan negada
a la que todos sin opción, en cambio, nos doblegamos;
aunque tú estés tan muerta como yo,
me pregunto si al igual que tu espontánea reminiscencia
se me aparece y te haces fantasma;
me pregunto si al igual por algún casual 
yo me aparezco alguna vez como un mal sueño,
aunque luego lo devorase tu amnesia.

Preguntándome esto sabiendo, en cualquier caso, 
que los muertos no recordamos ni anhelamos;
simplemente, nos pudrimos
por pura necesidad.

Ever