<< El recorrido se presentaba larguísimo. Ninguna persona osó nunca llevar a cabo tal insensatez, y al verle pasar cuchicheaban entre ellos. ¡Pobre loco- decían- nunca llegará… quedará en el camino abatido y solo!”. A los primeros haces del astro el forastero se puso en marcha. El terreno pronto comenzó a hacerse irregular y pantanoso, la humedad de los fangos no tardó en traspasar sus haraposos zapatos y en continuo tenía que ayudarse de las manos para no caer ante los corrimientos de tierra. El nuboso cielo hizo materiales sus amenazas descargando con la furia de un enrabietado Dios una lluvia infernal que aplastaba sus huesos como si de un frágil insecto se tratara. Comenzó a oscurecer. La llanura se convirtió en un mar de penumbra y con ella el brío del viajero comenzó a flaquear, sintiéndose en momentos tales pequeño, diminuto, como los habitantes de aquel reino.
Sin lugar adonde refugiarse siguió caminando llevando consigo todo el peso de la congoja que su corazón portaba. No veía nada, no había nadie; estaba solo. Sin saber qué hacer ni adonde ir, continuó paso a paso hacia delante sobre un camino invisible. Las lágrimas que en su rostro comenzaron a brotar confundiéronse con la lluvia y, a la vez, ayudábanle a calentar su aterida alma. Desolado, siguió caminando cada vez con más frío, cada vez con más desesperanza.
Mas por muy oscura que sea la noche siempre vuelve a salir el sol y tras la tormenta vuelve la calma. Los claros en el cielo sustituyeron las nubes y el crepúsculo tiñó con tonos dorado, fuego y malva el firmamento. Fue demacrándose la negrura y el abotargador sonido del agua contra la tierra fue diluyéndose en pos del cantar de las aves. Allá el lucero mostraba el camino a las montañas. Con paso cada vez más seguro a ellas e dirigió. La llegada a la cima fue mucho más sencilla de lo que en un principio pudo plantearse y no tardó en verse a lo alto como punto de unión entre la superficie y el cenit.
A sus pies se encontraba el infinito. La inmensidad azul del océano, reflejo de la inmensidad azul del cielo; tonos que acababan por confundirse por la difusa línea divisoria que trataba, en vano, delimitar el aquí del todo. Desde allí dejó de sentirse insulso, es más, sentíase poderoso, capaz de dominarlo. Sintió la grandeza viéndose a sí mismo como parte de ella. Allí, la brisa cantaba en una lengua que sólo su corazón entendía y veía riquezas en la superficie del agua que el sol adornaba con sus destellos, imperceptibles-¡oh!- para los demás mortales de este mundo.
¿Cuánto permaneció allí? El tiempo tambien era algo relativo desde aquella perspectiva, si bien insignificante. Pasado el inicial asombro aprendió a disfrutarlo y a hacerse parte del entorno. Pero llegó el momento en el que vio conveniente bajar y hacer manifiesto a sus co-paisanos de la grandeza de tal descubrimiento. Bajó cual rayo de la montaña en camino a Thalia y, a medida que avanzaba, sus pasos iban haciéndose más y más alargados, dando zancadas de gigante con las que no tardó en llegar ante los asombradas órbitas de los pequeños vecinos y de su rey.
Todos mostráronse reacios e incrédulos ante las explicaciones del forastero, sin embargo, no tardaron en dirigirse a la montaña, guiados por el sendero que a su rastro dejó el valiente pionero, que sirviéndoles de guía encabezaba el grupo y ayudoles a subir las escarpadas paredes hasta que, tras la fatigosa expedición, llegaron a la misma cima.
La impresión fue magnánima. Quedaron maravillados y no tardaron en hacer llegar sus felicitaciones al nuevo héroe, el nuevo genio. Pero éste, lejos de su satisfacción y autoplacencia, sentía una nueva inquietud en su interior: “¿Y que hay más allá de la línea divisoria del horizonte…?” >
“¿Y así acaba?- pregunté, al igual que los enanitos a la vuelta del héroe, incrédulo- tanto viaje y esfuerzo… ¿Para esto? ¿Para una nueva inquietud?” El poeta, tras otra carcajada, sonrió: “Sólo un enano es capaz de vivir sin el anhelo de saber qué hay más allá de aquellos picos…”
“La curiosidad existía en ellos,-pensé- incluso atreveríame a afirmar que deseaban, muchos, conocerlo; y sin embargo, sólo él sintió la necesidad de conocerlo, de ponerse en camino, de vencerse y ser valiente”. El anhelo…¿Acaso diferencia a gigantes y a enanos? Estos gigantes, al fin y al cabo, no eran más que unos diminutos seres como sus congéneres que lograron subir a una montaña y forjaron un espíritu titánico.
Que a partir de las hazañas de éstos se permita ascender cada vez a cumbres más y más elevadas, y facilitarlo a los demás, ha hecho llegar a la humanidad-“siempre avanzando”- a donde ahora mismo estamos y sin saber a dónde iremos, con la certeza y la esperanza de que aparezca un forastero que atrévase a discernir el más allá del confín que separa el mar del firmamento.
Los charcos del suelo donde estaba sentado empapaban mis pantalones. Le di una moneda como agradecimiento a uno de los poemas que me regaló, de gran estética y confuso contenido, y tras un cordial saludo lleno de complicidad con el que me despedí de aquel irrepetible hombre me encaminé de vuelta a la cruda realidad, perdido entre la marea humana de la Gran Vía de esa tarde de invierno.
Ever_20
31-XII-09

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31-XII-09