lunes, 29 de septiembre de 2014

TRAS LAS HUELLAS DE LA GENERACIÓN DEL 14

Con sigilo van pasando uno tras otro los meses y el año llega tenuemente a su fin. Cada día, así como cada año, es susceptible de simbolizar un evento digno de reconocimiento y aniversario. No de otro modo ocurre con el presente año 14, en el cual muchas cosas han acaecido, otras tantas acaecen y, por desgracia, otras muchas tantas acaecerán sin saber un punto definido de su término. Efectivamente, muchas cosas han pasado este año que trascenderán a esos documentos que nuestros vástagos vayan a estudiar en el futuro. Sin embargo, el año 14 también supone otro hito de eventos que ya han trascendido y sesgado el seguir de nuestra Historia. Los medios de la comunicación han mencionado el evento, sin duda, más potente el cual cumple ya un siglo de vergüenza, esto es: la Gran Guerra, que dio lugar a nefastas devastaciones y al caldo de cultivo de futuras ideologías afines al odio, a miserias y dolor.
                De la Historia ya se sabe que es una disciplina que implica  la emergencia de grandes injusticias a su paso, que deja un profundo y penetrante halo de olvido a su alrededor, así como otras voces que se quedan acalladas a causa de otras que se imponen, digamos, con lo que pudiéramos identificar como un punto de violencia. Si bien es cierto que no soy un meticuloso seguidor de noticias, sí me puedo considerar como una persona que está al tanto de ese panorama mundial que los medios de comunicación nos dejan mostrar, y bien es cierto que, a la vez que muchas fechas se recuerdan y se rememoran, otras en cambio pasan por el pasillo del “servicio” y de puntillas. Eso si tienen suerte, puesto que bien pudieran ser respondidos con un silencio como único miramiento.
                A medida que pasan los días, voy echando paulatinamente más de menos alguna mención (por somera que fuere) a un conjunto de personalidades que, el siglo pasado, dejaron su huella en el trascurso de la Historia de España, y cuyo nombre identificativo tuvo su origen en la fecha del hito Histórico anteriormente mencionado. Esta es: la Generación del 14, en la cual se arroparon personas de distintos menesteres, de distintas naturalezas sociales, pero con similares inquietudes.  En ella, se pueden identificar nombres como los de Ramón Pérez de Ayala (en el ámbito literario), Alfonso Rodríguez Castelao (pintor), Santiago Ramón y Cajal (científico), Eugenio d’Ors (ensayista) o  Manuel Azaña (que pese a su polifacética labor, será recordado especialmente como relevante político durante la II República) entre otros.  De todos ellos, el filósofo José Ortega y Gasset es reconocido por el consenso de los eruditos sobre dicha generación, como el gerifalte, como la cabeza visible y padre de dicho movimiento.
                ¿Cuál fue su razón de ser? Curiosamente, de un siglo para otro hay varias situaciones que pudieran identificarse como perfectamente análogas. La España de inicios del siglo XX seguía aún en un proceso de crisis, en un estado de trance tras el desastre del 98 (inicio de un movimiento anterior, la Generación del 98 de la cual muchos identifican a la que nosotros aludimos como “sus nietos” –así los denominó Unamuno en cierta ocasión-). Había,  coadyuvante a esta crisis, un extendido sentimiento de desencanto político con el que tantas personas en la actualidad nos identificamos y se bautizó aprovechando una fecha que resultó la evidencia del fracaso del sistema mundial imperante de la época, basada en un tejemaneje de estados nacionalistas con pretensiones de imperio.
                Esta nueva “hornada” de intelectuales que ya iban apuntando maneras desde  la primera década de siglo, apelaron a una serie de principios que marcarían sus pautas de actuación. En primer lugar, un principio de rigor en el pensamiento, el discurso y la acción. Además, existía “una voluntad de actuación en la vida pública con una propósitos colectivos perfectamente definidos” (Montero y Tusell, 2004; p.669) para lograr culminar esos anhelos de regeneración por los que desde hace tantos años se suspiraba. En tercer lugar, todas estas iniciativas tenían unas miras orientadas al exterior, es decir, dejar de encerrarse en la identidad nacional y partir de  un principio de europeización, o como decía Ortega, una España Mundial. La idea fundamental de este segundo principio se condensa en el decreto fundacional de la Junta de Ampliación de Estudios de 1907: “el pueblo que se aísla, se estaciona y se descompone” (ibid.).
                La huella que ha dejado esta generación en el kairós de nuestra actualidad es, sin duda, significativa vista las circunstancias con las que nos podemos identificar. No hay duda de que esta generación seguiría teniendo razón de ser. La palabra crisis no nos es, desgraciadamente, ajena a nuestra propia cotidianeidad (de algún modo, todo momento histórico parece ir acompañado por una sucesiva pasarela de crisis) y hace referencia a esa necesidad de moverse, de cambiar y transformar. Algo que nos puede recordar a la parábola de la doble metamorfosis explicada por Nietzche en su Zaratustra (1883/2007) en el que  el dromedario (que todo lo aguanta mansamente) debe pasar al león para destruir con lo preestablecido y, a partir de ahí, convertirse en el niño que, con limpieza de espíritu, reconstruya de los escombros resultantes. Estas personalidades no aspiraban a cargar de libros los anaqueles, alegrar al oído con la gracia del discurso ni a cubrir paredes con sus cuadros. Como decía por esos tiempos Ramón María del Valle Inclán, era una canallada hacer sólo arte: todo fruto nacido del intelecto debía orientarse para las circunstancias manifiestas en la vida pública.
                Esta generación, como la anterior del 98, no se calló a la hora de criticar con vehemencia todas las limitaciones del gobierno de entonces, incluyendo al soberano de la nación, al rey (Unamuno, por lo visto, fue sometido a tres procesos por injurias a Alfonso XIII, al que calificaba como primer anarquista de España –op.cit.-). Podríaseles considerar, desde ese foco, como una masa subversiva (aunque pacífica) contra  el orden público, contra un gobierno que  como un conocido mío dijo “hedía a confesionario”. Un gobierno del de entonces, caracterizado por la fradulencia en las elecciones, por el reparto de poder de un sistema bipartidista y ajeno, precisamente, a esa realidad social. A día de hoy ¡Por cuántas cosas seguirían clamando! ¡Cuántas cuestiones inquietan al alma despierta para dar respuesta a una población desencantada con sus “representantes” políticos! ¡Cuánto habría que hacer para volver a empoderar a esas personas, para individualizar a las masas, para primar la perspectiva como verdadera esencia de la verdad! 
                Esta generación también tendrían mucho que decir acerca de otra tendencia política que ya entonces estaba crónicamente arraigada y que en la actualidad  crece de manera desmedida: el alzamiento de los nacionalismos. Para un colectivo que identificaban el hermetismo y secesionismo intercultural como un mal endémico, como germen origen de una España enferma, y que identificaban a los nacionalismos como un sesgo intelectual basado en la simpleza de raciocinio y enervamiento emocional, cuya cura, según decía Unamuno, se basaba en viajar, en ir más allá del otro ombligo. En un mundo como el actual, en el que los desplazamientos de un lugar a otro se encuentran al orden del día, sin embargo ¡Cuántos de estos descentramientos se hacen desde las propias perspectivas a otras! Para viajar, como vemos, no hace falta irse tan lejos.
                Y el rigor. Ese rigor ya mencionado al principio del ensayo. Qué importante sería en nuestra sociedad darle la importancia que merece este concepto en nuestro obrar constante. Un rigor que se apoyara en la disciplina, el  detenimiento, templanza y amor. Amor en nuestras propias acciones, amor hacia los demás, hacia uno mismo. Rigor como un principio ético sostén de otros tantos.
                Esta generación bebió de la sabiduría de sus antecesores (que pone en evidencia mis constantes alusiones a los representantes de la misma) y dio luz  a movimientos posteriores. Hablar de ellos en este artículo no ha sido pretensión, sino más bien un deber moral por mi parte. Para dotar de voz a una generación que, como otras tantas, debe alumbrar una senda de progreso para esta generación que nace, y para las que depare el porvenir. Que nuestro homenaje sea la toma de este relevo, de esta potente herencia recibida. 


Ever
29/X/2014
REFERENCIAS
Montero F. y Tusell, J. (2004): Historia de España. El Reinado de Alfonso XIII. (Tomo 14) (pp. 666-694) Madrid: Espasa-Calpe

Nietzsche, F. (1883/2007): Así habló Zaratustra. Buenos Aires: Gradfico

martes, 16 de septiembre de 2014

MOSCATEL

Dedicada a las víctimas de la barbarie que se celebra, año tras año, en Tordesillas

No sé que hacía tanta gente. Esa gran esfera brillante me cegaba los ojos después de estar tantísimo tiempo entre penumbras encerrado. Ahora estoy rodeado de personas que me gritan y me golpean a mis espaldas. Me han atado, lo que me deja inmóvil, incapaz de defenderme ante esas molestas punzadas que se afanan en estocarme mediante esas largas lanzas puntiagudas. Tales punzadas no me herían gravemente, mas sus repetidos ataques me empezaban a quemar y desquebrajar poco a poco. La sangre empezaba a brotar de mi espalda, dibujando regueros que se asemejaban a esos riachuelos que surgían, al llover, en las cuencas del prado donde he vivido toda mi vida, y jugaban a hacer requiebros y tímidas curvas hasta unirse finalmente entre ellos formando una sola e inmensa.

El sudor-¿O las sangre?- caían sobre mis párpados obligándome a cerrarlos y  me costara abrirlos. A cada segundo que pasaba me sentía más y más débil. Discernía desde mi vista borrosa a todos esos individuos que me rodeaban y gritaban sin saber yo por qué. ¿Qué les ocurrirá?¿Quien les ataca?¿Por qué me maltratan? Esos animales no me eran, en ningún caso desconocidos. No tardé en acostumbrarme a su presencia montados sobre mis antiguos vecinos de pasto que ellos empeñábanse en llamar caballos, pero en esta ocasión…¡Había tantos…! Nunca sospeché, además que pudieran llegar a manifestar un comportamiento tan escandaloso y caótico, todo el rato gritando y pinchando cual enjambre de abejas.

Tras un tiempo que a mí me pareció interminable, escuché la cabalgada de aquellos simpáticos animales. No sé por qué, pero por primera vez en los últimos días sentí una sensación inexplicable de alivio. ¡Esos jinetes  no podían ser otros que aquellos que recorrían las densas praderas por las que pastaba, antes de toda esta pesadilla, venían a rescatarme!

 La ilusión fue eso: ilusión. Y vana. Los montantes llevaban también una lanza como la que tenían en el prado, sin embargo, ésta era puntiaguda… tres, cuatro caballos- no sabría decir exactamente cuántos- formaron un círculo entorno a mí, y a diestro y siniestro lanzáronme punzadas.

Procuraba mantener la compostura, anticiparme a los ataques; veía a mis dos astas cómo única oportunidad de defenderme de los horribles atropellos que sufría, mas me era inútil, pues me atacaban por ambos flancos y a mis espaldas, donde me era imposible divisarles con mi borrosa visión.

Nunca paré en imaginar mi muerte. Ni cómo sería ni cuándo. En realidad en mi vida nunca tuve demasiadas complicaciones. Cuando crecí lo suficiente para ser considerado un toro adulto, me separaron de mi madre y me juntaron con otros toros, en una manada donde unos pocos de ellos lograba imponer su autoridad sobre todos, y a excepción de en contadas ocasiones donde algún otro cuestionaba tal poder y provocaba aquello un enfrentamiento, vivíamos que más que menos en armonía. Pues bien, en esos momentos sin en verdad saberlo sí comencé a sospechar que aquello no tenía otra solución. A duras penas luchaba con la fuerza que se me escapaba a cada exhalación por defender mi propia integridad, pero… ¿Quién podía luchar contra tal marea? Nunca me sentí tan  cansado. Cada respiración me dolía en el costado cual cornada y ya no distinguía nitidez en las formas que me rodeaban… sólo claro-oscuros de distintos tonos. Y gritos, muchos gritos.

Una estocada letal me derribó finalmente contra la tierra. El suelo árido y polvoriento me pareció más duro que nunca. Con esfuerzo volví a levantarme, pero mis piernas apenas me sostenían. Ya siquiera me defendía, luchar por no volver a caer, por seguir manteniéndome en pie, era ahora mi única guerra. Resurgió en mi memoria, como lluvia un día de tormenta, todos aquellos recuerdos de mi vida: las primeras luces del día que cegaban a mis desacostumbrados ojos de recién nacido;  el olor que mi madre me transmitía mientras me lavaba a lametazos, los vacilantes movimientos de mis piernas al intentar poner en pie sucesivos de mis repetidas caídas; las continuas sorpresas que me ofrecía día a día este mundo que entonces me parecía inmenso.

Sólo me concentraba en no derrumbarme, en que sostuvieran mis cuatro patas un peso que se me hacía insoportable. Me concentraba en respirar. Mas iba poco a poco iba perdiendo la noción de mí mismo. Una pica era clavada y retorcida a la altura de mis hombros, pero yo hacía tiempo que ya no sentía dolor, no sentía confusión, ni ira ni el miedo de primeras horas de la mañana. Sentía que se me hacía de noche.

Entonces, caí.


Ever
4-X-2010.