Con sigilo van pasando uno tras
otro los meses y el año llega tenuemente a su fin. Cada día, así como cada año,
es susceptible de simbolizar un evento digno de reconocimiento y aniversario.
No de otro modo ocurre con el presente año 14, en el cual muchas cosas han
acaecido, otras tantas acaecen y, por desgracia, otras muchas tantas acaecerán
sin saber un punto definido de su término. Efectivamente, muchas cosas han
pasado este año que trascenderán a esos documentos que nuestros vástagos vayan
a estudiar en el futuro. Sin embargo, el año 14 también supone otro hito de
eventos que ya han trascendido y sesgado el seguir de nuestra Historia. Los
medios de la comunicación han mencionado el evento, sin duda, más potente el
cual cumple ya un siglo de vergüenza, esto es: la Gran Guerra, que dio lugar a
nefastas devastaciones y al caldo de cultivo de futuras ideologías afines al
odio, a miserias y dolor.
De
la Historia ya se sabe que es una disciplina que implica la emergencia de grandes injusticias a su
paso, que deja un profundo y penetrante halo de olvido a su alrededor, así como
otras voces que se quedan acalladas a causa de otras que se imponen, digamos,
con lo que pudiéramos identificar como un punto de violencia. Si bien es cierto
que no soy un meticuloso seguidor de noticias, sí me puedo considerar como una
persona que está al tanto de ese panorama mundial que los medios de
comunicación nos dejan mostrar, y bien es cierto que, a la vez que muchas
fechas se recuerdan y se rememoran, otras en cambio pasan por el pasillo del
“servicio” y de puntillas. Eso si tienen suerte, puesto que bien pudieran ser
respondidos con un silencio como único miramiento.
A
medida que pasan los días, voy echando paulatinamente más de menos alguna
mención (por somera que fuere) a un conjunto de personalidades que, el siglo
pasado, dejaron su huella en el trascurso de la Historia de España, y cuyo
nombre identificativo tuvo su origen en la fecha del hito Histórico
anteriormente mencionado. Esta es: la Generación
del 14, en la cual se arroparon personas de distintos menesteres, de
distintas naturalezas sociales, pero con similares inquietudes. En ella, se pueden identificar nombres como
los de Ramón Pérez de Ayala (en el ámbito literario), Alfonso Rodríguez
Castelao (pintor), Santiago Ramón y Cajal (científico), Eugenio d’Ors
(ensayista) o Manuel Azaña (que pese a
su polifacética labor, será recordado especialmente como relevante político
durante la II República) entre otros. De
todos ellos, el filósofo José Ortega y Gasset es reconocido por el consenso de
los eruditos sobre dicha generación, como el gerifalte, como la cabeza visible
y padre de dicho movimiento.
¿Cuál
fue su razón de ser? Curiosamente, de un siglo para otro hay varias situaciones
que pudieran identificarse como perfectamente análogas. La España de inicios
del siglo XX seguía aún en un proceso de crisis, en un estado de trance tras el
desastre del 98 (inicio de un movimiento anterior, la Generación del 98 de la cual muchos identifican a la que nosotros
aludimos como “sus nietos” –así los denominó Unamuno en cierta ocasión-).
Había, coadyuvante a esta crisis, un
extendido sentimiento de desencanto político con el que tantas personas en la
actualidad nos identificamos y se bautizó aprovechando una fecha que resultó la
evidencia del fracaso del sistema mundial imperante de la época, basada en un
tejemaneje de estados nacionalistas
con pretensiones de imperio.
Esta
nueva “hornada” de intelectuales que ya iban apuntando maneras desde la primera década de siglo, apelaron a una
serie de principios que marcarían sus pautas de actuación. En primer lugar, un
principio de rigor en el pensamiento,
el discurso y la acción. Además, existía “una voluntad de actuación en la vida
pública con una propósitos colectivos perfectamente definidos” (Montero y
Tusell, 2004; p.669) para lograr culminar esos anhelos de regeneración por los
que desde hace tantos años se suspiraba. En tercer lugar, todas estas
iniciativas tenían unas miras orientadas al exterior, es decir, dejar de
encerrarse en la identidad nacional y partir de
un principio de europeización, o
como decía Ortega, una España Mundial.
La idea fundamental de este segundo principio se condensa en el decreto
fundacional de la Junta de Ampliación de Estudios de 1907: “el pueblo que se
aísla, se estaciona y se descompone” (ibid.).
La
huella que ha dejado esta generación en el kairós de nuestra actualidad es, sin
duda, significativa vista las circunstancias con las que nos podemos identificar.
No hay duda de que esta generación seguiría teniendo razón de ser. La palabra
crisis no nos es, desgraciadamente, ajena a nuestra propia cotidianeidad (de
algún modo, todo momento histórico parece ir acompañado por una sucesiva
pasarela de crisis) y hace referencia a esa necesidad de moverse, de cambiar y
transformar. Algo que nos puede recordar a la parábola de la doble metamorfosis
explicada por Nietzche en su Zaratustra (1883/2007) en el que el dromedario (que todo lo aguanta
mansamente) debe pasar al león para destruir con lo preestablecido y, a partir
de ahí, convertirse en el niño que, con limpieza de espíritu, reconstruya de
los escombros resultantes. Estas personalidades no aspiraban a cargar de libros
los anaqueles, alegrar al oído con la gracia del discurso ni a cubrir paredes
con sus cuadros. Como decía por esos tiempos Ramón María del Valle Inclán, era una canallada hacer sólo arte: todo fruto nacido del intelecto debía orientarse para las circunstancias manifiestas en
la vida pública.
Esta
generación, como la anterior del 98, no se calló a la hora de criticar con
vehemencia todas las limitaciones del gobierno de entonces, incluyendo al
soberano de la nación, al rey (Unamuno, por lo visto, fue sometido a tres
procesos por injurias a Alfonso XIII, al que calificaba como primer anarquista de España –op.cit.-).
Podríaseles considerar, desde ese foco, como una masa subversiva (aunque pacífica) contra
el orden público, contra un gobierno que
como un conocido mío dijo “hedía a confesionario”. Un gobierno del de
entonces, caracterizado por la fradulencia en las elecciones, por el reparto de poder de un sistema
bipartidista y ajeno, precisamente, a esa realidad social. A día de hoy ¡Por
cuántas cosas seguirían clamando! ¡Cuántas cuestiones inquietan al alma
despierta para dar respuesta a una población desencantada con sus
“representantes” políticos! ¡Cuánto habría que hacer para volver a empoderar a
esas personas, para individualizar a las masas, para primar la perspectiva como
verdadera esencia de la verdad!
Esta
generación también tendrían mucho que decir acerca de otra tendencia política
que ya entonces estaba crónicamente arraigada y que en la actualidad crece de manera desmedida: el alzamiento de
los nacionalismos. Para un colectivo que identificaban el hermetismo y
secesionismo intercultural como un mal endémico, como germen origen de una
España enferma, y que identificaban a los nacionalismos como un sesgo
intelectual basado en la simpleza de raciocinio y enervamiento emocional, cuya
cura, según decía Unamuno, se basaba en viajar,
en ir más allá del otro ombligo. En un mundo como el actual, en el que los
desplazamientos de un lugar a otro se encuentran al orden del día, sin embargo
¡Cuántos de estos descentramientos se hacen desde las propias perspectivas a
otras! Para viajar, como vemos, no
hace falta irse tan lejos.
Y
el rigor. Ese rigor ya mencionado al principio del ensayo. Qué importante sería
en nuestra sociedad darle la importancia que merece este concepto en nuestro
obrar constante. Un rigor que se apoyara en la disciplina, el detenimiento, templanza y amor. Amor en
nuestras propias acciones, amor hacia los demás, hacia uno mismo. Rigor como un
principio ético sostén de otros tantos.
Esta
generación bebió de la sabiduría de sus antecesores (que pone en evidencia mis
constantes alusiones a los representantes de la misma) y dio luz a movimientos posteriores. Hablar de ellos en
este artículo no ha sido pretensión, sino más bien un deber moral por mi parte.
Para dotar de voz a una generación que, como otras tantas, debe alumbrar una
senda de progreso para esta generación que nace, y para las que depare el
porvenir. Que nuestro homenaje sea la toma de este relevo, de esta potente
herencia recibida.
Ever
29/X/2014
REFERENCIAS
Montero F. y Tusell, J. (2004): Historia
de España. El Reinado de Alfonso XIII. (Tomo 14) (pp. 666-694) Madrid:
Espasa-Calpe
Nietzsche, F. (1883/2007): Así
habló Zaratustra. Buenos Aires: Gradfico

