martes, 16 de septiembre de 2014

MOSCATEL

Dedicada a las víctimas de la barbarie que se celebra, año tras año, en Tordesillas

No sé que hacía tanta gente. Esa gran esfera brillante me cegaba los ojos después de estar tantísimo tiempo entre penumbras encerrado. Ahora estoy rodeado de personas que me gritan y me golpean a mis espaldas. Me han atado, lo que me deja inmóvil, incapaz de defenderme ante esas molestas punzadas que se afanan en estocarme mediante esas largas lanzas puntiagudas. Tales punzadas no me herían gravemente, mas sus repetidos ataques me empezaban a quemar y desquebrajar poco a poco. La sangre empezaba a brotar de mi espalda, dibujando regueros que se asemejaban a esos riachuelos que surgían, al llover, en las cuencas del prado donde he vivido toda mi vida, y jugaban a hacer requiebros y tímidas curvas hasta unirse finalmente entre ellos formando una sola e inmensa.

El sudor-¿O las sangre?- caían sobre mis párpados obligándome a cerrarlos y  me costara abrirlos. A cada segundo que pasaba me sentía más y más débil. Discernía desde mi vista borrosa a todos esos individuos que me rodeaban y gritaban sin saber yo por qué. ¿Qué les ocurrirá?¿Quien les ataca?¿Por qué me maltratan? Esos animales no me eran, en ningún caso desconocidos. No tardé en acostumbrarme a su presencia montados sobre mis antiguos vecinos de pasto que ellos empeñábanse en llamar caballos, pero en esta ocasión…¡Había tantos…! Nunca sospeché, además que pudieran llegar a manifestar un comportamiento tan escandaloso y caótico, todo el rato gritando y pinchando cual enjambre de abejas.

Tras un tiempo que a mí me pareció interminable, escuché la cabalgada de aquellos simpáticos animales. No sé por qué, pero por primera vez en los últimos días sentí una sensación inexplicable de alivio. ¡Esos jinetes  no podían ser otros que aquellos que recorrían las densas praderas por las que pastaba, antes de toda esta pesadilla, venían a rescatarme!

 La ilusión fue eso: ilusión. Y vana. Los montantes llevaban también una lanza como la que tenían en el prado, sin embargo, ésta era puntiaguda… tres, cuatro caballos- no sabría decir exactamente cuántos- formaron un círculo entorno a mí, y a diestro y siniestro lanzáronme punzadas.

Procuraba mantener la compostura, anticiparme a los ataques; veía a mis dos astas cómo única oportunidad de defenderme de los horribles atropellos que sufría, mas me era inútil, pues me atacaban por ambos flancos y a mis espaldas, donde me era imposible divisarles con mi borrosa visión.

Nunca paré en imaginar mi muerte. Ni cómo sería ni cuándo. En realidad en mi vida nunca tuve demasiadas complicaciones. Cuando crecí lo suficiente para ser considerado un toro adulto, me separaron de mi madre y me juntaron con otros toros, en una manada donde unos pocos de ellos lograba imponer su autoridad sobre todos, y a excepción de en contadas ocasiones donde algún otro cuestionaba tal poder y provocaba aquello un enfrentamiento, vivíamos que más que menos en armonía. Pues bien, en esos momentos sin en verdad saberlo sí comencé a sospechar que aquello no tenía otra solución. A duras penas luchaba con la fuerza que se me escapaba a cada exhalación por defender mi propia integridad, pero… ¿Quién podía luchar contra tal marea? Nunca me sentí tan  cansado. Cada respiración me dolía en el costado cual cornada y ya no distinguía nitidez en las formas que me rodeaban… sólo claro-oscuros de distintos tonos. Y gritos, muchos gritos.

Una estocada letal me derribó finalmente contra la tierra. El suelo árido y polvoriento me pareció más duro que nunca. Con esfuerzo volví a levantarme, pero mis piernas apenas me sostenían. Ya siquiera me defendía, luchar por no volver a caer, por seguir manteniéndome en pie, era ahora mi única guerra. Resurgió en mi memoria, como lluvia un día de tormenta, todos aquellos recuerdos de mi vida: las primeras luces del día que cegaban a mis desacostumbrados ojos de recién nacido;  el olor que mi madre me transmitía mientras me lavaba a lametazos, los vacilantes movimientos de mis piernas al intentar poner en pie sucesivos de mis repetidas caídas; las continuas sorpresas que me ofrecía día a día este mundo que entonces me parecía inmenso.

Sólo me concentraba en no derrumbarme, en que sostuvieran mis cuatro patas un peso que se me hacía insoportable. Me concentraba en respirar. Mas iba poco a poco iba perdiendo la noción de mí mismo. Una pica era clavada y retorcida a la altura de mis hombros, pero yo hacía tiempo que ya no sentía dolor, no sentía confusión, ni ira ni el miedo de primeras horas de la mañana. Sentía que se me hacía de noche.

Entonces, caí.


Ever
4-X-2010.

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