Dedicada a las víctimas de la barbarie que se celebra, año tras año, en Tordesillas
No sé
que hacía tanta gente. Esa gran esfera brillante me cegaba los ojos después de
estar tantísimo tiempo entre penumbras encerrado. Ahora estoy rodeado de
personas que me gritan y me golpean a mis espaldas. Me han atado, lo que me
deja inmóvil, incapaz de defenderme ante esas molestas punzadas que se afanan en
estocarme mediante esas largas lanzas puntiagudas. Tales punzadas no me herían
gravemente, mas sus repetidos ataques me empezaban a quemar y desquebrajar poco
a poco. La sangre empezaba a brotar de mi espalda, dibujando regueros que se
asemejaban a esos riachuelos que surgían, al llover, en las cuencas del prado
donde he vivido toda mi vida, y jugaban a hacer requiebros y tímidas curvas
hasta unirse finalmente entre ellos formando una sola e inmensa.
El
sudor-¿O las sangre?- caían sobre mis párpados obligándome a cerrarlos y me costara abrirlos. A cada segundo que pasaba
me sentía más y más débil. Discernía desde mi vista borrosa a todos esos
individuos que me rodeaban y gritaban sin saber yo por qué. ¿Qué les
ocurrirá?¿Quien les ataca?¿Por qué me maltratan? Esos animales no me eran, en
ningún caso desconocidos. No tardé en acostumbrarme a su presencia montados
sobre mis antiguos vecinos de pasto que ellos empeñábanse en llamar caballos,
pero en esta ocasión…¡Había tantos…! Nunca sospeché, además que pudieran llegar
a manifestar un comportamiento tan escandaloso y caótico, todo el rato gritando
y pinchando cual enjambre de abejas.
Tras un
tiempo que a mí me pareció interminable, escuché la cabalgada de aquellos
simpáticos animales. No sé por qué, pero por primera vez en los últimos días
sentí una sensación inexplicable de alivio. ¡Esos jinetes no podían ser otros que aquellos que recorrían
las densas praderas por las que pastaba, antes de toda esta pesadilla, venían a
rescatarme!
La ilusión fue eso: ilusión. Y vana. Los
montantes llevaban también una lanza como la que tenían en el prado, sin
embargo, ésta era puntiaguda… tres, cuatro caballos- no sabría decir
exactamente cuántos- formaron un círculo entorno a mí, y a diestro y siniestro
lanzáronme punzadas.
Procuraba
mantener la compostura, anticiparme a los ataques; veía a mis dos astas cómo
única oportunidad de defenderme de los horribles atropellos que sufría, mas me
era inútil, pues me atacaban por ambos flancos y a mis espaldas, donde me era
imposible divisarles con mi borrosa visión.
Nunca
paré en imaginar mi muerte. Ni cómo sería ni cuándo. En realidad en mi vida
nunca tuve demasiadas complicaciones. Cuando crecí lo suficiente para ser
considerado un toro adulto, me separaron de mi madre y me juntaron con otros
toros, en una manada donde unos pocos de ellos lograba imponer su autoridad
sobre todos, y a excepción de en contadas ocasiones donde algún otro
cuestionaba tal poder y provocaba aquello un enfrentamiento, vivíamos que más
que menos en armonía. Pues bien, en esos momentos sin en verdad saberlo sí
comencé a sospechar que aquello no tenía otra solución. A duras penas luchaba
con la fuerza que se me escapaba a cada exhalación por defender mi propia
integridad, pero… ¿Quién podía luchar contra tal marea? Nunca me sentí tan cansado. Cada respiración me dolía en el
costado cual cornada y ya no distinguía nitidez en las formas que me rodeaban…
sólo claro-oscuros de distintos tonos. Y gritos, muchos gritos.
Una estocada
letal me derribó finalmente contra la tierra. El suelo árido y polvoriento me
pareció más duro que nunca. Con esfuerzo volví a levantarme, pero mis piernas
apenas me sostenían. Ya siquiera me defendía, luchar por no volver a caer, por
seguir manteniéndome en pie, era ahora mi única guerra. Resurgió en mi memoria,
como lluvia un día de tormenta, todos aquellos recuerdos de mi vida: las
primeras luces del día que cegaban a mis desacostumbrados ojos de recién
nacido; el olor que mi madre me
transmitía mientras me lavaba a lametazos, los vacilantes movimientos de mis
piernas al intentar poner en pie sucesivos de mis repetidas caídas; las
continuas sorpresas que me ofrecía día a día este mundo que entonces me parecía
inmenso.
Sólo me
concentraba en no derrumbarme, en que sostuvieran mis cuatro patas un peso que
se me hacía insoportable. Me concentraba en respirar. Mas iba poco a poco iba
perdiendo la noción de mí mismo. Una pica era clavada y retorcida a la altura
de mis hombros, pero yo hacía tiempo que ya no sentía dolor, no sentía
confusión, ni ira ni el miedo de primeras horas de la mañana. Sentía que se me
hacía de noche.
Entonces,
caí.
Ever
4-X-2010.

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