lunes, 15 de febrero de 2010

(Rima LXIII)



Las hojas secas

G.A.B.



Atravesando un páramo
otoñal y sombrío,
sumido en mis profundos pensamientos
sobre el desengaño y el hastío,
el principio y el fin,
lo humano y lo divino,
un charco reflejaba
al cielo, un techo plomizo;
y flotaban dos hojas
empapadas de frío
que, por fruto de la casualidad,
escuché su conversación de oído:

-"¡Ay, dulcísima hermana
de aquel ciprés hendido!
Viento huracanado me trajo aquí
tras el cálido estío.
¿Recuerdas de aquellos antiguos brotes
donde tú y yo nacimos?
Eran días hermosos
los de aquella primavera junto al río,
la perfumada brisa
del aroma embriagador de los lirios;
con dulzura a nosotras acunaba
desde el poniente, el Céfiro.

-"¡Claro que lo recuerdo...;
sentimiento tan vívido
aún brota de mi cuerpo
como al alba el rocío!
Despreocupados pasaban los días
uno a uno, a uno así sucesivos...
¿Recuerdas cómo en la noche la luna,
con sus plateados brillos,
iluminaba a dos enamorados
que tomaron a nuestro árbol de abrigo?
Cuando sumida en lárgimas
ella, seria, le dijo:


Tengo alegre tristeza
y tengo triste el vino...
jamás podrá ser nuestro amor eterno,
pues llegará, al fin, el invierno frío...>>
Aquella dulce frase
entonces no entendimos
y ahora...¡Míranos!
¡Somos un recuerdo de lo que fuimos!"
(...)
Entonces las dos hojas se alejaron
siendo arrastradas por un torbellino...;
y sereno e impasible
proseguí mi camino.

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