jueves, 31 de diciembre de 2009

ENANOS PRIVILEGIADOS.Primera parte.

Somos enanos subidos a espaldas de gigantes
y podemos ver más lejos que ellos…-Merton.

El mundo donde fuimos echados nadie lo dio a elegir, y sin embargo, en él nos movemos en pos de una fe única más allá de las acotaduras del dogma de una religión: la felicidad. En oriente y en occidente, en el remoto pasado, en el incierto futuro y en nuestro presente la humanidad ha caminado allá do el sol desde el confín sus destellos liberara prometiendo el alba.

Dando la vista atrás dejamos desde los primeros pasos de nuestro origen un inmenso legado del cuál somos una infinísima parte de un rico y polvoroso sendero. Grano a grano la ruta continúa alentada por el continuo impulso de sus transeúntes, inconformes a quedarse quietos.

En una ventosa tarde de invierno, con un cortante viento que impasible y frío empeñábase en mostrar su hostilidad y una inminente lluvia que poco a poco iba empapando las almas de los que entonces recorríamos el centro de la capital, encontré de modo fortuito apoyado a las puertas de un establecimiento y sentado en el suelo, despreocupado e indiferente a las miradas, escribiendo, un hombre. Tendría unos cincuenta años y su aspecto desaliñado bien podría causar incomodidad a los honrados señores y señoras, señoritas y señoritos de a pie que entonces más remedia no nos quedaba de pasar por su lado. Un cartón que le servía de aislante para no entrar en contacto con el empapado y sucio suelo, una cesta con unas pocas monedas procedentes de las apiadadas gentes y rodeado de folios llenos de letras, configuraban como sus bienes más próximos y en el momento que me topé con él, como ya dije antes, impasible escribía un poema, como tantos más que allí compañía le hacían. Su letra era prácticamente inteligible; mas aún, las formas de sus signos reflejaban una belleza que iba más allá de su mero significado. Al rato el hombre reparó en mi embelesada presencia, parada entre la corriente madrileña, y con una sonrisa burda y una voz ronca hízome despertar de mi ensoñación: “Qué chaval, ¿Quieres un poema para tu novia?- la risotada que soltó tampoco hacía alusión a su caligrafía, sin embargo, me inspiró simpatía- ¡Los tengo a pares!”. Reparé en el cartel que igualmente con cartón mostraba en letras mayúsculas: “Doy poemas por la voluntad”.

De tal modo comenzó nuestra conversación en el que, sentado a su lado, le pregunté qué hacía en pleno centro escribiendo poemas y dejándolos ahí expandidos, a riesgo de empaparse, se ser llevados por las corrientes o ser pisadas por algún descuidado peatón. Sin dejar de escribir me contó que desde que llegó a Madrid- hará unos veinte años- en esa esquina pasaba los días escribiendo y viendo moverse la Gran Vía, a sus viandantes, su tráfico, impasibles e infatigables, como la vida.

No le confesé que, como él, sentía una irrefrenable pasión por la poesía. Quizás no había lugar o quizás porque aún entonces era una faceta que más o menos en mi intimidad permanecía oculta. Aquel extraordinario señor entonces, tras un hondo suspiro y perdida su mirada entre las masas, entre los coches, volvió a dirigirse a mí: “Observa a todas esas personas. Como hormigas se mueven de un lado para otro sin parase a pensar adonde han de ir. Miles de años sustentan éste, nuestro siglo, y siguen su mayoría haciendo las mismas cosas que antes, y obviando la grandeza de nuestros progresos y la posibilidad que tienen de participar en otros tantos para el mañana”. Fue entonces cuando me dijo: “Mira, te voy a contar un cuento que comienza así:

Allá por las tierras de un lugar lejano había un reino llamado Thalia. Todos sus habitantes, incluidos su rey, eran gente muy pequeñita, diminuta, que tenían sus disposiciones adaptadas a su tamaño. Sin embargo sentían un gran pesar por verse incapaces de ver más allá del confín que delimitaban las crestas de las montañas, e impotentes desechaban su empeño de partir hacia allí, a lo alto, por saber qué hay. “Más allá no hay nada-aseguraban, severos, los más ancianos- sólo vacío…¿Pues acaso crees que, si no, nadie lo hubiera intentado ya antes?”

Hubo un día que llegó a la región un forastero de un reino vecino que, como los paisanos de la zona, sintió una enorme curiosidad por saber qué había tras aquellas elevaciones. Propúsose partir en camino al encuentro de las escarpadas montañas haciendo caso omiso a las voces que le aconsejaban encarecidamente quitarse esa absurda idea de la cabeza…”≥.

24-XII-09
Ever_20

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